Tempus fugit

El Tiempo se escapa

El tiempo (despierto) es un bien escaso.

Así es, así es, así es.

La vida es tan breve

como una burbuja de jabón

un relámpago en una nube

un sueño en la niebla

una sombra en el ocaso

una vela en la madrugada

una mierda en el escusado.

Lámpara de escritorio

Su luz nunca falla, a menos que no haya electricidad en el ambiente. Me da lucidez durante los días soleados y las noches más oscuras. Me ayuda a leer y escribir (y todas las palabras que terminen en “ir”). Sin ella, la negrura y el sinsentido serían cabales. Cuando me despierto la prendo junto con la mañana, casi siempre cuando comienza el amanecer. Respiro, pongo atención, ajusto su intensidad. Son las primeras horas del día y también las últimas de la noche, el silencio aparece casi total. Sólo entonces, mis ojos pueden ver las cosas como son, y también pueden verme a mí. Soy materia animada por deseos; deseos parecidos a la sed, al espejismo proyectado sobre un desierto de sal y arena. Soy también tiempo; tiempo que se me consume a sí mismo como hidrógeno de estrellas. Soy esa luz con párpados que aprende a regular su intensidad.

La expresión de la vida está dibujada perspicazmente con arrugas.

Este instante

se me acaba

de escapar.

El presente es un tiempo absoluto.

Entresijo

Escuché,

entresueños,

la esencia del claro significado,

palabras sobre el vacío:

                                                          Aquí es ahora.

Sol-edad (un tiempo sin lugar)

La angustia y el paso del tiempo, el segundero es implacable con la vida que se nos agota. Las horas del ahora. Los minutos y sus segundos instantáneos que se esfuman con el momento. Tic tac y el cliché de un corazón latiendo… Miro mi inexistente reloj de pulsera y siento que “siempre-siempre” se me hace tarde.

Quizás son más irreales los días en que veo el reloj digital de la computadora, en el que el tiempo —en ese breve vistazo— aparenta no moverse, luego un número de pronto sustituye a otro, señalando fatalmente el instante que es; tan relativo, tan letal y fáctico como lo es “este” momento en que escribo con su tiempo “real” (9:45 pm). Y tú, seguramente cuando leas esto, será otro tiempo —el tuyo, el propio.

La brev-edad, la transitori-edad, son vagas percepciones del Tiempo. Lo concebimos así a través de nuestras circunstancias, del lugar dónde nos encontramos, del espacio que habitamos y del cómo le donamos sentido: lento, rápido, eterno, fugaz, doloroso, aburrido, increíble, irrepetible y todo lo que se nos ocurra para pintar o desaturar una fotografía mental. Es esa extraña e inconsciente noción de que estamos aquí, no conocemos otra cosa.

Lo primero que nos enseñan en la escuela —o por lo menos lo primero que recuerdo: “Nacemos. Crecemos. Morimos”. Pero nadie te dice que ni el ayer ni el mañana existen. Son ilusiones de lo que llamamos continuidad: pasado-futuro, en un línea temporal de nuestra historia personal.

¡Qué ironía! Sólo se puede vivir ahora, es el único tiempo real: el presente y su constante cambio en el espacio.

Donge Zenji dijo: “No avanzar, no retroceder, no ser real, no estar vacío. Existe un océano de brillantes nubes, existe un océano de nubes solemnes”

El Tiempo no pertenece a nadie

La memoria también alimenta el olvido

y con el tiempo

revela lo que somos:

                               simples instantes

                                                    recuerdos.

¿Dar (el) tiempo?

(…)

mis ojos consumidos no ven

Sino recuerdos de soles.

Charles Baudelaire

El tiempo no repara,

        enferma,

se come las entrañas,

y luego

       mata.